viernes, 29 de octubre de 2010

Marcelino Camacho (1918 - 2010)



Cuando abrí este blog desconocía cual sería su contenido, lo hice con mucha ilusión y lo cierto es que no he publicado prácticamente nada. Por un lado porque cuestiones personales y físicas me lo impiden en muchas ocasiones y por otro porque a pesar de que existen diversos temas sobre los que escribir u opinar, especialmente a nivel local, el hecho de hacerlo y expresar en muchas ocasiones lo que una siente, podría resultar política y socialmente incorrecto.

Hoy nos despertamos con la triste noticia del fallecimiento de “una gran e íntegra persona”: Marcelino Camacho y no puedo dejar de utilizar este balcón al exterior como es un blog -aunque este balcón-blog esté ubicado en una calle de poco tránsito- para homenajearle.

Marcelino fuiste una gran persona, honrada, honesta, coherente y consecuente con tus ideas hasta tus últimos días, que con un enorme sacrificio por tu parte (somos muchas las personas que no olvidaremos tu exilio, tu privación de libertad, entre otras) a lo largo de tu vida, hiciste una gran labor por mejorar las condiciones laborales, sociales y políticas de todos los trabajadores y trabajadoras de este país.

Desafortunadamente quedan pocos Marcelinos en nuestra sociedad.


Gracias Marcelino
Hasta siempre

miércoles, 27 de octubre de 2010

Centenario Miguel Hernández (1910 - 1942)


Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al mas leve tropiezo
y a reforzar tus penas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una loca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garra.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un dia iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y de brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.